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Una fe de color verde que no se cansa

Crónica del Martes Santo 2026. Las Lágrimas

Redacción: Celia Lafuente López.

Fotografías y Vídeos: José Luis Moreno Palmerín , Paco Rosco Rosco y Manuel Molina Bolaños.

Tras Él, María Santísima de las Lágrimas, dolorosa y serena, caminaba como Madre que acompaña. Su paso, de aire castizo y cadencia andaluza, parecía mecer el dolor con dulzura. Porque en su llanto habita la esperanza, como en aquella promesa: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”.

La Hermandad de las Lágrimas volvió a escribir una de las páginas más conmovedoras del Martes Santo, desafiando la distancia, el cansancio y el tiempo con el recorrido más largo de toda la ciudad… y también uno de los más intensamente vividos.

Desde su salida en la barriada de San Juan, convertida en un cenáculo de fe popular, la cofradía fue arropada por un río humano que no dejó de fluir en ningún momento. Porque si algo define a esta hermandad es precisamente eso: el abrazo constante de su gente, el calor de un barrio que no abandona a sus titulares.

“El Señor camina delante de ellos”, el cortejo avanzó entre calles y avenidas, entre el verde de las túnicas que se fundía con el del parque de la ermita de La Antigua, creando una estampa donde la naturaleza y la devoción parecían rezar al unísono.

El paso de Nuestro Padre Jesús de la Humildad emergía como un silencioso sermón en la calle. Con un exorno floral con siemprevivas, claveles y rosas en tonos suaves, sobre un monte de brezo y lirios que evocaban la entrega y el sacrificio. Portado por mujeres, pies firmes y alma entregada, el Señor avanzaba .

Tras Él, María Santísima de las Lágrimas, dolorosa y serena, caminaba como Madre que acompaña. Su paso, de aire castizo y cadencia andaluza, parecía mecer el dolor con dulzura. Porque en su llanto habita la esperanza, como en aquella promesa: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”.

La hermandad cruzó su tradicional pasarela entre San Juan y La Antigua, calles, avenidas, pero también corazones. En la avenida Juan Carlos I, se hizo visible la comunión de un pueblo que espera, que mira, que siente. Nadie quiso perderse el paso de las Lágrimas; nadie quiso dejarlos solos.

Niños y mayores, revestidos con la túnica verde y la capa blanca, no solo portaban un hábito, sino una identidad, una fe heredada y compartida. Porque esta hermandad no solo camina: crece, late, se multiplica en cada mirada emocionada.

Y fue en el Templo de Diana donde el cielo pareció inclinarse sobre la tierra. Allí, entre piedras milenarias, una lluvia de pétalos cayó sobre la Virgen de las Lágrimas, como si el mismo pueblo quisiera consolar a quien consuela. Un instante suspendido en el tiempo, donde la belleza se hizo oración.

El final de la estación de penitencia volvió a convertirse en un auténtico acto de fe colectiva y fervor de . La Hermandad de las Lágrimas vivió una recogida memorable, arropada por cientos de fieles que, como al inicio, no quisieron dejarla sola en su regreso. En ese último suspiro de la noche tuvo lugar el tradicional encuentro entre los dos titulares, un instante cargado de simbolismo en el que el Hijo y la Madre parecían mirarse en silencio, compartiendo el dolor y la redención.

“Junto a la cruz de Jesús estaba su madre” (Juan 19,25). Y allí, en la intimidad de la recogida, ese pasaje volvió a hacerse vida en las calles del barrio. Un momento de profunda emoción, donde la devoción se hizo palpable y donde el tiempo pareció detenerse ante la fe sencilla y verdadera de un pueblo.

En la noche del Martes Santo, hay lágrimas que no son de tristeza, sino de una esperanza que camina, que persevera… y que nunca se agota.