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El eco del Calvario en la piedra eterna

El cielo de la tarde caía lentamente sobre nuestro Teatro Romano mientras la piedra milenaria volvía a latir con un sonido muy distinto al que imaginó Marco Vipsanio Agripa cuando levantó aquel monumento hace más de dos mil años.

Esta vez no eran tragedias clásicas ni versos grecatinos los que llenaban el aire, sino el pulso emocionado de la música cofrade. La Hermandad del Calvario celebraba sus 125 años de historia, y lo hacía como saben hacerlo las hermandades de Mérida, con el corazón por delante.

El teatro, abarrotado, respiraba expectación desde mucho antes de que sonara la primera nota. Cada asiento ocupado era una historia compartida con la hermandad, una memoria de madrugadas, de cirios encendidos, de pasos avanzando entre el silencio respetuoso de la ciudad.

La periodista Ana Gaviro fue la encargada de conducir la tarde con sensibilidad y cercanía, poniendo palabras a lo que muchos sentían. Recordó que las hermandades no solo se sostienen sobre imágenes y tradiciones, sino sobre personas, generaciones enteras que han ido escribiendo su historia con fe, trabajo y devoción.

Y entonces llegó la música.

Abrió el concierto la Banda de Cornetas y Tambores de la OJE de Mérida, tan ligada a la Semana Santa de Mérida, con ese sonido rotundo y juvenil al que nos tiene acostumbrados. Sus marchas resonaron con fuerza en la cavea del teatro, despertando los primeros aplausos y dejando claro que la tarde prometía emociones.

Tomó después el relevo la Agrupación Musical Santísimo Cristo de la Merced, que llevó al escenario la elegancia y la profundidad de la música de agrupación. Cada compás parecía dibujar estampas de procesión. Pasos avanzando, costales ajustados, la mirada fija en el cielo de la ciudad.

La emoción siguió creciendo con la actuación de la Agrupación Musical Oliva de Mérida, tan ligada al pulso cofrade emeritense. Su música sonó como suenan las cosas de casa, con cercanía, con orgullo y con ese sentimiento que solo entiende quien ha vivido la Semana Santa desde dentro.

Pero el colofón estaba reservado para una de las formaciones más admiradas del panorama cofrade. Cuando aparecieron los sones de la Banda de Cornetas y Tambores del Santísimo Cristo de las Tres Caídas, el teatro se convirtió en un auténtico templo musical. Sus marchas, poderosas y llenas de matices, envolvieron la piedra romana en un clima casi místico, arrancando ovaciones que parecían no tener final.

Fue el broche perfecto a una tarde histórica. Porque no era solo un concierto. Era memoria, devoción y orgullo de hermandad. Era la prueba de que, después de 125 años, el Calvario sigue vivo en el corazón de su gente.

Cuando las últimas notas se apagaron entre las columnas del teatro, quedó flotando en el aire algo más que música. Quedó la certeza de que la historia de la Hermandad del Calvario continúa escribiéndose, generación tras generación, al ritmo eterno de los tambores y las cornetas en la vieja Augusta Emerita.

Galería de Imágenes: Manuel Molina Bolaños, Ángel Espinosa Cuéllar y Francisco Rosco Rosco.