La parroquia de Cristo Rey se quedó pequeña. La emoción, aún más grande.
El Pregón del Costal y del Varal encontró en la abarrotada Parroquia de Cristo Rey un escenario de fe y sentimiento donde el joven capataz Francisco Manuel Fernández Mendoza, “Lolino”, abrió su corazón para hablar de lo que más quiere: su gente, su familia y la Semana Santa de Mérida.
Desde el primer instante quedó claro que no sería un pregón más. Con voz firme pero cargada de emoción, Lolino comenzó recordando que prestar la voz a este pregón no es un honor vacío, sino “una carga de amor”, un peso dulce que aceptaba con el temblor de quien sabe que habla en nombre de muchos costaleros y portadores de la ciudad. Un temblor que, lejos de debilitar sus palabras, las hizo aún más verdaderas.
En un templo lleno hasta los pasillos, su discurso fue avanzando como una procesión de recuerdos. Hubo momentos para mirar al cielo y otros para volver la vista a la tierra que lo vio crecer entre trabajaderas y ensayos. Porque la Fe de Lolino, como él mismo relató, no nació en los libros sino correteando entre pasos, viendo a su padre enfajarse para cargar con el Prendimiento y soñando, siendo niño, con el día en que él también llevaría a Dios sobre los hombros.
Uno de los momentos más conmovedores llegó cuando habló de su familia. De su madre, su hermana y su pareja, cirios encendidos que iluminan su camino. Y, sobre todo, de su abuela, a la que definió como “el verdadero altar de mi devoción”, una mujer marcada por el dolor pero sostenida por una fe inquebrantable. Pero si hubo un momento en el que el silencio se hizo más profundo que nunca fue al recordar a su padre, capataz antes que él, cuya presencia —dijo— sigue guiando cada golpe de martillo.
“Hoy no mando yo”, proclamó con emoción contenida, “hoy mandas tú desde el balcón del cielo”.
Lolino fue tejiendo su pregón entre la memoria y la esencia de lo que significa ser costalero. Explicó con palabras sencillas lo que muchos sienten, pero pocos saben expresar: que debajo de un paso no se ve nada, pero se siente todo. Se siente el aliento del compañero, el rachear que marca el compás del sacrificio y ese peso invisible que no es madera, sino promesas, fe y barrio.
En ese recorrido por su vida cofrade, el pregonero también miró a los jóvenes. Les pidió que cuiden la esencia, que recuerden que la Semana Santa no es una fotografía ni una moda pasajera, sino el respeto por los mayores y el sacrificio silencioso que deja callo en el hombro y devoción en el alma.
La música tuvo también su espacio protagonista. No podía ser de otra manera. Porque Lolino es también músico y su historia está ligada al metal y al compás de su banda. La Agrupación Musical Oliva de Mérida, su gente, su familia musical, puso la emoción sonora a la noche interpretando la marcha “Por los siglos de los siglos”, que resonó en la iglesia como una oración convertida en música. Un homenaje a los que ya no están, a los que siguen escuchando desde ese balcón de los grandes cofrades que están en el cielo.
El pregón avanzó entonces hacia Mérida, hacia su historia y su identidad. Lolino habló de una ciudad que no necesita decorados porque ella misma es monumento. De una Semana Santa que camina sobre piedra bimilenaria, donde los pasos parecen dialogar con la historia romana y donde cada Jueves Santo revive la memoria de barrios que ya no existen, pero siguen latiendo en la Fe de su gente.
Y cuando parecía que el pregón había alcanzado ya su cima emocional, llegó otro de los momentos que quedarán en la memoria de quienes llenaban el templo. Lolino habló de la campana rota de su martillo. Una campana que se quebró en las manos de su padre y que nunca quisieron reparar.
Porque esa grieta, explicó, «no es una rotura, es un legado*.
Cada vez que suena, dijo, no vibra solo el metal. Vibra la memoria, la sangre y la historia de una familia y de una cuadrilla. Vibra la voz de un padre que sigue llamando a sus hombres desde el cielo.
El pregón concluyó con la serenidad de quien ha vaciado el alma. Con palabras que sabían a despedida y a promesa al mismo tiempo. Lolino se marchó del atril con la paz de haber entregado su verdad y con la certeza de que la Semana Santa seguirá viva mientras haya niños que miren a sus padres con admiración, abuelas que enseñen a rezar en el dolor y amigos dispuestos a cargar juntos el peso de la Fe.
La parroquia de Cristo Rey respondió como solo se responde cuando las palabras llegan al corazón, puesta en pie y entre aplausos largos y emocionados.
Porque en la noche del Pregón del Costal y del Varal no se escuchó solo un pregón. Esa noche, Mérida escuchó la voz de un costalero hablando con el alma.

Galería de imágenes: Manuel Molina Bolaños.











