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De libro

Crónica del Lunes Santo 2026. Infantiles

Redacción: Mario Hernández Maquirriaín.

Fotografías y Videos: Manuel Molina Bolaños y Marco A. Sánchez Nova.

Conforme se acercaba la hora prevista para la salida, las calles se abarrotaban de público. Familias enteras, vecinos, cofrades y visitantes buscaban su sitio para no perderse un cortejo que ya forma parte del alma de la ciudad

Lunes Santo de emociones verdaderas en Mérida. La Cofradía Infantil volvió a escribir una página imborrable en la historia reciente de la Semana Santa, con una Estación de Penitencia que fue, sencillamente, de libro.

Conforme se acercaba la hora prevista para la salida, las calles se abarrotaban de público. Familias enteras, vecinos, cofrades y visitantes buscaban su sitio para no perderse un cortejo que ya forma parte del alma de la ciudad. Mérida se convirtió en escenario de estampas de antaño, de esas que parecen detenidas en el tiempo, donde la inocencia y la devoción caminan de la mano.

Y todo con una puntualidad británica que cobra aún más mérito cuando el recorrido había sido ampliado. Cada tramo, cada revirá cada chicotá se cumplió con precisión, como si el reloj también se hubiera puesto la túnica para acompañar a la Cofradía.

Uno de los momentos más sobrecogedores llegó desde la penumbra de la Concatedral. Allí, cuando todo parecía en silencio, emergió con fuerza y dulzura Nuestra Señora del Rosario. Desde la oscuridad tomó el mando en plaza, llenando de luz el corazón de cuantos aguardaban. Fue un instante de esos que erizan la piel, que obligan a guardar silencio y que quedan grabados para siempre.

Nuestro Padre Jesús de Medinaceli avanzó con una elegancia incontestable. Su caminar, solemne y pausado, se mecía al compás de los sones de la Banda de Cornetas y Tambores de la OJE de Mérida, que supo poner música al recogimiento y a la profundidad de cada mirada.

Soberbio fue también el discurrir del Santísimo Cristo de las Injurias. La Banda de Cornetas y Tambores Virgen del Pilar de Villafranca de los Barros arrancó emociones a cada paso, con marchas que resonaban en lo más hondo, provocando aplausos sentidos y silencios respetuosos.

Y si hubo un palio que conquistó la noche fue el de la Virgen del Rosario. Elegante, serena, majestuosa. Sus costaleros disfrutaban cada instante, saboreando las marchas interpretadas por la Banda de Música de Guillena, que envolvía la escena en una atmósfera única, casi irreal.

El cortejo, larguísimo, hablaba por sí solo del crecimiento y la fuerza de esta Cofradía. Nazarenos, penitentes y damas de la Virgen dibujaban un río de fe que se deslizaba por las calles emeritenses con orden, respeto y una belleza difícil de describir.

La Cofradía se enseñoreó por Graciano y Los Maestros, regalando estampas que quedarán en la memoria colectiva. Y ya en la intimidad de la calle Santa Julia, el final se convirtió en un suspiro compartido. Tres petaladas recibieron a la Virgen del Rosario con todos los honores, como si el cielo mismo quisiera rendirse ante ella.

En definitiva, una procesión de libro, de las que no se olvidan, de las que se sienten muy dentro. De las que hacen grande, una vez más, la Semana Santa de Mérida.