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Señor, concédenos el don de la Paz

Crónica del Vía Crucis 2026

Redacción: Luis Miguel González Pérez

Fotografías: Paco Rosco Rosco, Manuel Molina Bolaños, Marcos Sánchez Nova y Ángel M. Espinosa Cuéllar.

Hasta en quince ocasiones, una por cada estación de este Vía Crucis, resonó entre las viejas piedras del Anfiteatro Romano una petición: Señor, concédenos el don de la Paz

Un cielo completamente despejado dejaba ver, en toda su belleza, la primera luna llena de la primavera. Su tenue luz iluminaba cada rincón de Mérida, que se preparaba para vivir una de esas noches que forman parte de su ser más íntimo, la noche en la que acompañamos a la imagen del Santísimo Cristo de la O en su Vía Crucis en el Anfiteatro Romano.

Quedábamos atrás unos años en los que las condiciones meteorológicas condicionaron el desarrollo de este acto y eso hizo que el interés por participar en este Vía Crucis se incrementara. Llegada la media noche largas filas de familias, procedentes de medio mundo, aguardaban a las puertas de la Concatedral de Santa María y del propio Anfiteatro Romano, para vivir esa experiencia que llevaban tanto tiempo deseando sentir.

El aroma del azahar de los naranjos recién florecidos se extendía por la plaza de España, en el momento en el que el sonido ronco de tres tambores anunciaba la salida del Cristo de la O desde la Concatedral y la algarabía propia del ágora de la ciudad, daba paso a un silencio respetuoso de millares de personas cuyas miradas se dirigían al unísono hacia el rostro de Cristo.

Diez portadores llevaban sobre sus hombros la imagen del Cristo de la O y un nutrido número de hermanos de luz iban abriendo camino por las calles de Mérida. Tras ellos caminaba, en absoluto silencio y recogimiento, una multitud de personas que querían acompañarle en ese recorrido entre la vida y la muerte. Junto a ellas, como uno más, también caminaba el Pastor de nuestra Diócesis, Fray José, que con su hábito franciscano quería acompañar a emeritenses y foráneos en esta madrugada de dolor y esperanza.

Y es que el Vía Crucis de este año tenía una connotación muy especial. En un año marcado por enfrentamientos armados que amenazan a toda la humanidad, el mensaje de San Francisco de Asís, hombre de paz, en el VIII Centenario de su muerte, se hacía especialmente necesario.

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Hasta en quince ocasiones, una por cada estación de este Vía Crucis, resonó entre las viejas piedras del Anfiteatro Romano una petición: Señor, concédenos el don de la Paz. Y a lo largo de esas quince estaciones en las que recreamos la pasión y muerte de Cristo, fuimos reflexionando sobre las distintas formas de violencia que asolan a nuestra sociedad, pidiendo por los condenados y perseguidos por causa de la fe y la justicia, por las víctimas cuya cruz es la extrema pobreza, la enfermedad y el hambre, tanto física como espiritual, por quienes se sienten débiles y frágiles en el cuerpo o en el espíritu, por las todas las familias que tienen el corazón destrozado y temen por las vidas de sus hijos, por quienes voluntariamente ayudan a sus hermanos a llevar la cruz,  por tantas personas compasivas que trabajan sin descanso para crear comunidades de apoyo a los más marginados de la sociedad, por todos aquellos que ya no soportan el sufrimiento y les cuesta volver a levantarse, por quienes se sienten desamparados, por las víctimas de la tortura y de la guerra.

Le pedimos al Señor que sepamos consolar al triste y al abatido, de forma que seamos capaces de abrir nuestras mentes y nuestros corazones a aquellos que, despojados de sus derechos básicos, los consideramos diferentes a nosotros por su país, cultura, religión etc.

En definitiva, pedimos a Dios, a través de la imagen del Santísimo Cristo de la O, que nos ayude a construir un mundo más justo y solidario y que nos conceda el don de la Paz.

Tras estas reflexiones, abandonamos el Anfiteatro Romano e iniciamos el camino de regreso hasta la Concatedral de Santa María, en medio del silencio de la madrugada. Silencio solo roto por el ronco sonido de esos tres tambores que marchaban tras la imagen del Cristo de la O, cuya sombra se iba reflejando sobre las calles de Mérida, iluminada por esa primera luna llena de la primavera.

Mientras, en la mente de todos los que tuvimos la oportunidad de vivir este Vía Crucis, resonaba con fuerza una petición: Señor, concédenos el don de la Paz.