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Las mañanitas de los ferroviarios despiertan fe y devoción por todos los rincones de Mérida

Crónica de la mañana del Viernes Santo 2026. Ferroviarios

Redacción: Miguel Marín Sánchez

Fotografías y Vídeos: Paco Rosco Rosco y Raúl Flores Hernández.

La cara de la Santísima hace que al que la ve se le haga un nudo en la garganta, que por un momento nos pusiéramos en la piel de una madre que pierde a un hijo pero que al mismo tiempo, con el espléndido andar que mostraron los costaleros, sabe que en este arduo camino no estará sola.

Eran las once de una mañana despejada y radiante cuando la cruz de guía salía de azul fusionándose con el añil del cielo. Del mismo lugar que sus compañeros de la Hermandad de los Castillos salía la Cofradía Ferroviaria, con un río de nazarenos azules y verdes que componían una estampa radiante iluminada por un sol que llamaba a los emeritenses a ir en busca de esta procesión que cada Viernes Santo impresiona más.

La Santísima Virgen de las Angustias ponía su pie en la plaza de Santa Eulalia al son de las marchas interpretadas por una de las grandes sorpresas de este año, la Agrupación Musical Virgen de las Angustias de Mérida. La estampa que en sí componen las dos imágenes junto con la cruz, vacía ya al estar el hijo en los brazos de su madre, transmite lo que hace honor a su nombre, angustia. La cara de la Santísima hace que al que la ve se le haga un nudo en la garganta, que por un momento nos pusiéramos en la piel de una madre que pierde a un hijo pero que al mismo tiempo, con el espléndido andar que mostraron los costaleros, sabe que en este arduo camino no estará sola.

Tras ella se respira un halo de esperanza que pone en pie a la plaza de la Basílica, salen los nazarenos con un color que sirve de telonero para lo que llegaba, asomaba tras el templo Nuestra Señora de la Esperanza. Acompañada de la Agrupación Músico-cultural Santa María Egipciaca de Corte de Peleas, la esperanza inundó el corazón de los allí presentes y puso sentimientos, antes no conocidos por el propio cuerpo humano, en el ser de cada persona. Nuestra Señora de la Esperanza crea escuela en Mérida, en gran parte por el estupendo, sencillo y siempre elegante andar de su cuerpo de costaleros que un año más pone en pie a los emeritenses que están generando en esta mariana una devoción a la altura de las más emblemáticas.

En el Arco de Trajano los allí presentes se reunían en la sombra, pues sí, bonita luz mañanera pero en ocasiones algo sofocante pero que no impidió que los emeritenses, bien vestidos por supuesto como corresponde a cada Viernes Santo, dejaran vacía la sombra y se acercaran al iluminado andar de las dos dolorosas que formando una estampa coetánea con el arco de telón , desplegando sus mejores galas e impresionando a los boquiabiertos devotos allí presentes.

En el ágora de Emérita Augusta, reunidos los ciudadanos aprovechando el despejado día primaveral, muchos de ellos dejaban tapas y cañas para deleitarse con la colorida petalada en la entrada de la Plaza de España y con la sonora saeta cantada a las puertas de la concatedral, con unos aplausos que retumbaban por la magnífica estación de penitencia que estaban realizando los ferroviarios, llevando cristiandad por cada rincón de Mérida.

Tras su paso por las céntricas calles, pasando por la hermosa reunión de la Puerta de la Villa, bajaban la rambla Las Angustias y la Esperanza sabiendo que era el preludio del fin del viaje realizado. La Santísima Virgen de las Angustias llegaba al fin, siguiendo su paso, siendo fiel al saber andar que había mostrado por toda la estación y ya esperaba al frente del refugio de todo emeritense, el Hornito de la Mártir Santa Eulalia. De fondo asomaba el palio, que llegaba esperanzador por encontrarse con los emeritenses allí reunidos que habían aplazado su hora de comer sine die con razón, pues era el final de la estación mañanera que tantos bonitos recuerdos nos había dejado. Tras el tradicional encuentro ambas marianas se despidieron con la Saeta y con Esperanza de María respectivamente, dejando un buen sabor de boca y una mezcla de sensaciones por la que todavía habrá que esperar para volver a ver pero que será imborrable en estos 365 días restantes.