El pregón que latió con luz, música y verdad
Pregón de la Semana Santa de Mérida 2026
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La noche del Pregón en Mérida no fue una más. Fue una experiencia total, medida al milímetro, donde cada elemento sumó para construir un pregón que trascendió lo puramente oratorio. Lo que ofreció Paco Vadillo fue una obra completa, un viaje sensorial donde la palabra se apoyó en una escenografía cuidada hasta el último detalle.
La iluminación, perfectamente controlada, no fue un recurso técnico más, fue narrativa. Cada cambio de luz acompañaba el pulso del pregón, subrayando emociones, marcando silencios, guiando al espectador por ese recorrido íntimo que Vadillo proponía desde el inicio. Hubo momentos de penumbra que invitaron a la introspección, y otros de luz plena que estallaban como la propia Semana Santa en las calles emeritenses.
A ello se sumó el uso de imágenes proyectadas en gran formato, que envolvían el ambiente y sumergían al público en una atmósfera casi hipnótica. No eran simples acompañamientos visuales, eran parte del relato. Primeros planos, escenas cofrades, advocaciones marianas, recuerdos… todo proyectado con sensibilidad para amplificar cada palabra. Mérida no solo se escuchaba, sino que se veía, se sentía, se respiraba.
Mientras tanto, la Banda de Música de Mérida sostenía el armazón emocional de la noche. Sus intervenciones, perfectamente integradas, marcaban el ritmo del pregón, elevando cada bloque a una dimensión casi litúrgica.
“Les invito a un viaje emocional…”, dijo Vadillo. Y todo estaba dispuesto para que ese viaje no tuviera fisuras.
Uno de los momentos más envolventes llegó con la interpretación de Lorena Naharro, cuya voz, arropada por imágenes de las vírgenes de Mérida en pantalla, convirtió “Como una Reina” en una estampa imborrable. La escena era total: imágenes flotando en el fondo, y una voz que parecía nacer de la propia ciudad. “¡Claro que eres reina! Reina de cada día…”, resonaba aún en el ambiente, ahora hecho emoción colectiva. Y en ese diálogo entre música e imagen, la guitarra de José Rodríguez aportó cercanía, recogimiento, como si cada nota susurrara directamente al oído del espectador.
Pero si hubo instantes que trascendieron lo escénico para instalarse directamente en lo más profundo, fue cuando Paco Vadillo apretó el corazón de todos los asistentes en un puño. Fue cuando Vadillo desnudó su alma.
El pregonero detuvo el tiempo para compartir uno de los pasajes más íntimos de su vida. Aquel en el que sintió que había perdido la Fe. Un relato sincero, sin artificios, pronunciado desde la verdad de quien se reconoce vulnerable. Y, sin embargo, en esa aparente ausencia, emergía una certeza, el Nazareno siempre había estado ahí, esperándole.
Las palabras caían con peso, con silencio, con verdad.
Y entonces, la escena volvió a elevarse.
Fuensanta Blanco, con bata de cola, irrumpió en ese instante no como acompañamiento, sino como prolongación del propio sentimiento.
Su baile, sobrio y contenido, fue subrayando cada frase, cada recuerdo, cada emoción. El taconeo, preciso, casi desgarrado por momentos, no rompía el silencio: lo llenaba. Lo hacía más profundo.
Era un diálogo sin palabras. La voz de Vadillo y el cuerpo de Fuensanta entrelazados en un mismo relato. La Fe perdida, la espera, el reencuentro.
Y en ese equilibrio perfecto entre palabra y danza, el teatro entero contuvo la respiración. Porque no era solo un momento del pregón, era verdad.
La saeta de Lolo Báez, dirigida al Cristo de los Remedios, encontró también en la iluminación y la imagen un aliado perfecto. El foco, preciso, aislaba el momento del resto del mundo. El silencio se hizo absoluto. Y en ese vacío lleno de sentido, la voz quebrada atravesó el teatro mientras la imagen del Cristo de los Remedios, en pantalla, acompañaba cada quejío. “Mi Semana Santa son también mis ausencias”, había dicho el pregonero. Y allí, con la luz detenida en el dolor, se entendió todo.
Pero si hubo una conjunción perfecta entre técnica y emoción fue en el momento en que Vadillo introdujo al público bajo un paso. Las luces se apagaron casi por completo. La pantalla mostraba el interior, el punto de vista del costalero. El sonido cambió. El ambiente se volvió denso, real.
“Dejadme meterme un segundo junto a vosotros debajo de un paso…”.
Y entonces, desde la oscuridad, la voz de Dani Mena emergió con fuerza. La llamada retumbó en un espacio que ya no era teatro, sino trabajadera. Y fue “Titi” quien respondió, quien recogió la orden del capataz para preparar a la cuadrilla.
Ese instante, reforzado por la puesta en escena -la luz mínima, la imagen envolvente, el sonido directo- convirtió al público en parte del paso. No se observaba, se vivía.
“No olviden que el verdadero interés es el que ustedes transmiten con su sudor…”, resonó después, ya con la luz regresando poco a poco, devolviendo al espectador a su asiento, pero no a su estado anterior.
El pregón avanzó así, sin perder nunca esa coherencia entre lo que se decía y cómo se mostraba. Cada bloque emocional encontraba su reflejo en la iluminación, en la imagen, en la música. Nada era accesorio. Todo sumaba.
Y cuando llegó el final, con ese “Llegué con el corazón temblando y me marcho con el corazón lleno”.
Una frase que no era solo suya. Era de todos.
Porque Paco Vadillo no solo anunció la Semana Santa de Mérida.
La hizo música.
La hizo saeta.
La hizo verdad bajo un paso.
Y la hizo eterna en el corazón de su gente.
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Galería de imágenes: Manuel Molina Bolaños, Francisco Rosco Rosco y Ángel Mª Espinosa Cuéllar.















































