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La Santita, octubre y los recuerdos que nunca se marchan

Hay tradiciones que uno lleva tan dentro que, cuando llega el momento de vivirlas de nuevo, resulta imposible no echar la vista atrás. Quizá porque, con los años, uno empieza a comprender que muchas de las cosas que más quiere no son solamente aquello que sucede cada año, sino todo lo que permanece escondido detrás; las personas que nos enseñaron a vivirlas, los recuerdos que fuimos acumulando casi sin darnos cuenta y esa emoción que, por mucho que pase el tiempo, sigue pellizcándonos el corazón.

El primer domingo de octubre volvió a cumplirse la tradición eulaliense y nuestra Mártir Santa Eulalia presidió su besamanos, recibiendo a cientos de emeritenses que se acercaron hasta ella para rendirle homenaje. Una cita que tiene mucho de encuentro íntimo, de oración y de agradecimiento, pero también de regreso a nuestras propias raíces. Porque quienes hemos crecido al amparo de la devoción a la Santita sabemos que hay días en el calendario que no son uno más.

Este año, además, el besamanos incorporó una novedad que merece ser destacada, su apertura también durante la mañana. Una decisión acertada que ha permitido acercarse a quienes, por motivos laborales o académicos, tienen que marcharse de Mérida y no siempre pueden disfrutar de estos momentos por la tarde. Pienso especialmente en tantos y tantas estudiantes que viven fuera, en quienes cada semana hacen la maleta para continuar sus estudios y en tantos emeritenses que han tenido que buscar su futuro lejos de casa. Poder acercarse a la Basílica antes de emprender el camino es una manera de llevarse consigo un poquito de Mérida, de detenerse ante la Patrona y recordar que, por lejos que uno esté, siempre hay algo que lo mantiene unido a su ciudad.

Quizá por eso me gustan tanto estas tradiciones, porque, cuando uno las contempla con los ojos de quien ha ido cumpliendo años a su lado, descubre que no hablan solamente de religión o de imágenes, sino que hablan también de nosotros, de nuestras familias, de nuestra manera de entender Mérida y de ese sentimiento de pertenencia que se hace más fuerte precisamente cuando la vida nos lleva lejos de aquello que queremos.

La Santita amaneció radiante, estrenando una nueva peana y luciendo su traje rojo, con el escudo de armas bordado en el manto, una pieza realizada en el taller de bordados del recordado Fernando González. Sus tradicionales joyas completaban una estampa de esas que invitan a detenerse y mirar despacio, recreándose en cada detalle. Y es que quienes sentimos de cerca todo lo que rodea a Santa Eulalia sabemos que, lejos de ser meros adornos, cada bordado, cada joya y cada elemento de su ajuar guarda una historia, un esfuerzo, una donación o el cariño de alguien que quiso dejar su pequeña huella junto a la Mártir.

Al contemplarla, no pude evitar pensar en Fernando y en tantas personas que han contribuido, con su trabajo y su dedicación, a engrandecer el patrimonio eulaliense.

Fotografías: Manuel Molina Bolaños

Personas que, en muchas ocasiones, ya no están entre nosotros, pero que siguen presentes cada vez que volvemos a admirar aquello que hicieron con sus manos. Porque también de eso se trata conservar nuestras tradiciones: de no olvidar a quienes nos precedieron, de reconocer su legado y de entender que lo que hoy disfrutamos es, en buena medida, el resultado de la generosidad de quienes nos enseñaron a quererlo.

Y, por supuesto, tampoco faltaron las otras protagonistas de estos días como son las tormentas del Trecenario. Si algo hemos aprendido los emeritenses es que octubre tiene sus propias reglas cuando se trata de Santa Eulalia. Mientras las nieblas parecen formar parte de su leyenda decembrina, las tormentas se empeñan en acompañar estos días de cultos, como si el cielo quisiera recordarnos que también tiene sus tradiciones. Porque hay cosas que cambian, costumbres que se renuevan y maneras nuevas de acercarnos a la devoción de siempre, pero algunas estampas de nuestra Mérida parecen resistirse a desaparecer. Y menos mal.

Porque, a estas alturas de la vida, uno termina descubriendo que la nostalgia no consiste únicamente en echar de menos lo que ya pasó, sino que es una forma de agradecerlo, de reconocer la suerte que hemos tenido de crecer rodeados de personas que nos transmitieron sus devociones, de conservar recuerdos que nos acompañan y de poder seguir compartiendo con otros aquello que un día nos enseñaron nuestros mayores.

Yo, que he vivido tantos momentos junto a las tradiciones eulalienses, no puedo acercarme a Santa Eulalia sin sentir que, de alguna manera, también vuelvo a encontrarme con una parte de mí mismo. Quizá porque, cuando uno ha visto pasar tantos años, aprende a mirar de otra forma, reconociendo  los gestos que se repiten de generación en generación y siente una emoción especial al comprobar que todavía hay niños que se acercan a la Santita de la mano de sus padres y abuelos.

Ahí está, a mi juicio, el verdadero valor de nuestras tradiciones, nos permiten seguir siendo quienes somos sin dejar de avanzar y hacen posible que una ciudad milenaria conserve también esa memoria cotidiana, familiar y sentimental que no aparece en los libros de historia, pero que explica tanto o más que sus monumentos. Porque Mérida también es la voz de nuestros mayores hablándonos de la Mártir, las tardes de octubre, las tormentas del Trecenario y esa manera tan nuestra de llamar Santita a quien sentimos tan cerca.

Por eso, cuando termina el besamanos y la vida vuelve a recuperar su ritmo, me queda la sensación de que hemos vuelto a cumplir algo más importante que una cita del calendario, encontrarnos con nuestras raíces y recordado a quienes nos enseñaron a querer a Santa Eulalia y comprobando que todavía somos capaces de transmitir ese sentimiento a quienes vienen detrás.

Yo seguiré emocionándome cada octubre. Seguiré mirando al cielo cuando lleguen las nieblas y las tormentas, recordando tantas estampas de nuestra Mérida y pensando en quienes ya no pueden acompañarnos. Y seguiré sintiendo que, cuando nos acercamos a Santa Eulalia, no vamos solamente a visitar a nuestra Patrona, sino a reencontrarnos con nuestra infancia, con nuestros mayores, con nuestras vivencias y con esa parte de nosotros que permanece intacta, aunque los años se empeñen en pasar.

Porque al final, cuando uno vuelve a encontrarse con la Santita, siempre termina sintiendo lo mismo: que, por muchas vueltas que dé la vida, hay lugares a los que el corazón regresa sin necesidad de que nadie le indique el camino.

Octubre vuelve a ser octubre cuando Santa Eulalia nos espera, y Mérida, una vez más, vuelve a reconocerse en su Santita.